Luis Domínguez, procedente de un pueblo de Salamanca, llevaba 25 años viviendo en Bergara, donde tenía hecha su vida con su mujer, Arrate Zurutuza, y cinco hijos, de los que el mayor es Luis Ignacio Domíngez. El 25 de enero de 1980, a la edad de 39 años, ETA asesina a Luis de cinco disparos en el cementerio de Bergara. Después del atentado, su mujer y su hijo han seguido escuchando rumores sobre su padre y sobre ellos mismos, hasta que con el tiempo la situación se ha calmado y vuelto a la normalidad.

DATOS PERSONALES:

Nombre: Arrate Zurutuza Lazcano / Luis Ignacio Domínguez Zurutuza

Edad: 68 años (1944) / 51 años (1961)

Profesión: Jubilada / Enterrador.

Situación familiar: Viuda. Cinco hijos / hermanos, una fallecida en accidente de tráfico.

Lugar de procedencia: Bergara (Gipuzkoa)

COLECTIVO: Familiares de víctimas.

HECHOS

- Luis Domínguez, procedente de un pueblo de Salamanca, llevaba 25 años viviendo en Bergara, donde tenía hecha su vida con su mujer, Arrate Zurutuza, y cinco hijos, de los que el mayor es Luis Ignacio Domíngez. Era enterrador del cementerio del pueblo, situado junto al cuartel de la Guardia Civil.

- Luis hablaba y se relacionaba con mucha gente en el pueblo, incluidos los guardias civiles. Este hecho hizo que recibiera una amenaza telefónica y que se extendieran rumores sobre él por el pueblo. Luis vivió con miedo la etapa final de su vida.

- El 25 de enero de 1980, a la edad de 39 años, ETA asesina a Luis de cinco disparos en el cementerio de Bergara. Después del atentado, su mujer y su hijo han seguido escuchando rumores sobre su padre y sobre ellos mismos, hasta que con el tiempo la situación se ha calmado y vuelto a la normalidad.

CONSECUENCIAS

Arrate Zurutuza (A. Z.): “Éramos una familia formada por un matrimonio con cinco hijos. Luis era el enterrador del cementerio de Bergara. También llevaba las funerarias y, debajo de donde se encontraba el cuartel de la Guardia Civil, Luis tenía un almacén donde estaban las cajas. Él solía estar allí y, como el cuartel estaba al lado, solía hablar con los guardias civiles. Por ello le echaron el ojo. A veces cuando había alguna muerte Luis se encargaba también de hacer los papeles del seguro y alguna vez se dio cuenta de que al llevarlos le habían seguido, por ejemplo, una vez que fue a San Sebastián porque habían matado varios guardias civiles”.

“Luís venía de Salamanca y había venido a Bergara joven. Nos casamos cuando él tenía 20 años y yo 17. Él llevaba viviendo más tiempo en Bergara que en Salamanca y era una persona conocida”.

Luis Ignacio Domínguez (L. D.): “El aita trabajaba en la funeraria y en el cementerio, mi madre limpiando en una fábrica y yo en una fábrica de metal.Yo soy el mayor de cinco hermanos que éramos. Cuando asesinaron a mi padre yo tenía 19 años y estaba trabajando, igual que otro hermano que tenía entonces 18 años. El resto eran menores, de 9, 14 y otra hermana de 16 años, que murió cuatro años después del atentado de nuestro padre”.

“Igual que yo, mi padre hablaba con todo el mundo, viniera de donde viniera. Los del cuartel le daban pena por todo el odio y presión que había contra los guardias civiles. Al final, habría de todo ahí, como en cualquier sitio. También habría gente mala. Pero también había gente normal y cuando iban al bar conversaban juntos. Aquello entonces era el no va más, y por eso ya te miraban mal. Ni siquiera lo acusaron de chivato. Lo único que dijeron de él era que no querían personas como él en Euskadi”.

“Si había un atentado en Oñate, Mondragón o algún pueblo cercano mi difunto padre iba con la funeraria al cuartel. Ahí también te quemabas un poco, al ver que la gente veía que se mataba a un uniforme mientras tú veías que mataban personas. Daba rabia. Por ejemplo a mí una vez me tocó ir con mi padre a trabajar (Luis Ignacio sustituyó a su padre Luis en el puesto de trabajo de enterrador en Bergara) cerca de Zumárraga porque habían muerto dos guardias civiles en un atentado por bomba. Yo fui al cuartel a llevar la caja y vi allí los cuerpos, uno sin cabeza. Cuando tocaba ir a recoger sus cosas para llevarlas a la familia vi fotos de ellos cuando eran niños, de su familia… y se te caía el alma. Aquel día había una manifestación que pedía paz en Zumárraga y mi padre no me dejó ir”.

“Mi padre iba siempre a cuarteles, cuando había habido algún atentado también se encargaba de facilitar los trámites de los seguros, entraba en las autopsias… Por ello hubo gente que empezó a hablar mal de él. Por ejemplo una vez le tocó ir a hacer una autopsia de dos chicos que fueron a atentar a Aretxabaleta y murieron en un tiroteo. Aquello no se me olvidará nunca. Cuando pasaron junto al cuartel, lanzaron una ráfaga de metralleta y después hubo un tiroteo en Mondragón entre la Guardia Civil y ellos. En el tiroteo murieron dos terroristas de 19 y 25 años. Mi difunto padre fue a llevarles la caja. Después me dijo que los dos chavales, que incluso llevaban granadas en los bolsillos, le daban mucha pena. Yo entonces tenía 18 años, y le dije que ninguna pena, porque iban a atentar. Pero le daban pena porque no eran más que unos chavales”.

“Aquí todo el mundo decía que les habían acribillado a balazos dentro del coche. Mi padre, como se hacía antes en los cementerios, participó en la autopsia abriendo los cuerpos con el forense. Se vio cómo uno de los terroristas tenía un tiro y el otro tres agujeros. Había gente que había entrado en la sala y también lo estaba viendo en vivo y se extrañaba de que no tuvieran más agujeros por lo que se había dicho. Mi padre les dijo que no había más, a ver si acaso querían que él les hiciera más. Esto es lo que hay, lo estáis viendo vosotros, les decía. Este tipo de cosas marcaron a mi padre. No sé cómo se pudo permitir que tanta gente entrara en una autopsia. Esto viene a cuento para mostrar las mentiras y exageraciones que se han dicho sobre mi padre. Es lo que había, que si te empezaban a poner un ‘sanbenito’ ya te habían fastidiado. A mí también me lo empezaron a poner a los dos años, pero menos mal que se paró la cosa”.

A. Z.: “Hay un momento en el que en la familia se da cuenta de que las cosas empezaron a cambiar y a haber mal ambiente. Él me decía a mí que le perseguían. Me acuerdo que me operaron en Mondragón y le veía muy preocupado. No sabía lo que le pasaba y pensaba que a lo mejor había discutido con mi madre. Me decía que tenía muchas ganas de que yo volviera a casa. Al preguntarle por qué, me dijo que le habían llamado por teléfono y le amenazaron. Otra vez que fue a San Sebastián dijo que le habían seguido por el puerto de Deskarga. Yo le decía que si él creía que le seguían porque iba con guardias civiles, dejara de ir con ellos. Él me decía que si también pensaba así le dejara en paz. Pero yo le decía que dejara de ir con ellos, porque hasta le vigilaban el coche que aparcaba cerca de casa”.

L. D.: “Si estaba en un bar y entraban guardias civiles hablaba con ellos. Igual que yo. Aquí eso era casi impensable. Había una especie de barrera y la mayoría de la gente no se atrevía a hablar con ellos”.

A. Z.: “Una vez pasó por al lado de nuestra casa un coche de la Guardia Civil en el que iba un conocido y le hice un gesto para decirle adiós. Él me dijo que no les hiciera gestos ni les hablara porque me comprometía mucho. Que era mejor no saludarles”.

“Un día habíamos ido mi marido y yo al cuartel para llevar una caja. Estábamos allá y vinieron unos cuantos guardias civiles que se iban a marchar. Estuvimos hablando un rato y hubo un chaval de poco más de 20 años me dio mucha pena. Me contó que sabían cuándo salían de casa, pero que se preguntaban si volverían. Había un odio enorme”.

L. D.: “Cuando asesinaron a mi padre me dijeron que si les veía por la calle no les mirara a la cara para no comprometerme. Pero a mí me daba igual, porque son personas que no me habían hecho nada. Después de que mi padre recibiera aquella amenaza por teléfono, en la que le dijeron que tenía tres días para abandonar Euskadi, fue a hablar con un concejal de HB, José Luis Elkoro, para ver qué ocurría. Le dijo a mi padre que no tenían nada contra él y se estuviera tranquilo. Después de aquello, por el pueblo se extendieron rumores sobre mi padre, e incluso hubo personas que me preguntaban si mi padre se iba a marchar. Él no quería marcharse, porque si lo hacía les estaba dando la razón; daba a entender como que había hecho algo y él no había hecho nada a nadie. Pero si se hubiera ido, la gente habría pensado que por algo lo habría hecho. Ya estaba señalado”.

“Tiempo después de que mi padre recibiera la amenaza por teléfono hubo otro suceso. Mi padre estaba en un bar en el que había gente del pueblo y algunos guardias civiles. Uno de los guardias civiles se metió con alguna persona y se organizó un follón. Un chico le quitó la pistola al agente y la tiró al río que había a la salida del bar. El que tiró la pistola al río le decía a mi padre que pidiera a los guardias civiles que no le hicieran nada. Al día siguiente, la Guardia Civil le hizo ir de testigo al lugar y estuvieron buscando la pistola por el río. Aquello fue el remate, porque luego cada uno contó lo que le dio la gana. Pero él solo estuvo allí. La llamada telefónica fue aproximadamente en julio, este suceso en diciembre y el asesinato de mi padre el 25 de enero. Fue como un cáncer de una persona que sabe que va a morir, pero él decía que si se marchaba les estaba dando la razón de que había hecho algo”.

“Adonde mí ha venido gente para decirme que mi padre estaba metido en temas de extrema derecha, diciendo que había pruebas, fotografías… Yo les decía que lo demostraran, que las enseñaran, pero no había nada, todo eran rumores. Un día, durante media hora, una persona nos estuvo diciendo a mi hermano y a mí al salir de karate que le había visto a un amigo de nuestro padre (Luis Berasategui, posteriormente asesinado por ETA) llevando cadenas y con una pistola, como hacían los de Cristo Rey, y se metió en su local. Después de estar discutiendo media hora casi empecé a creérmelo, pero al final nos dijo que él no lo había visto, pero sí un amigo íntimo suyo. Le dije que pensara un poco, porque yo, sin ser amigo íntimo suyo, me había quedado en la duda por tanta insistencia. Era muy fácil hablar, pero nadie enseñaba nunca nada”.

A. Z.: “El día que asesinaron a mi marido era la fiesta de Santo Tomás de Aquino y era fiesta en el instituto. Yo solía ir a trabajar a limpiar unas oficinas. Cuando salí de trabajar me encontré en la rueda del coche un clavo enorme, porque sabían que a veces iba a cerrar el cementerio con mi marido. Así se aseguraban de que yo no estaría cuando fueran a matarlo. Tampoco dejaba el coche a mi hijo, porque tenía miedo de que lo confundieran con él”.

“En la última época vivía con miedo. Una noche venía de ver algún partido con dos hijos. Cuando fue al cuarto de baño, mi marido sintió que alguien había subido a la ventana y, cuando se volvió, sintió que pisaban unos tablones que ahí había”.

“El recuerdo del día del atentado es horroroso. Yo estaba en casa con la viuda de Berasategui, que había venido con la niña. Luis vino, hizo sopas de ajo y marchó a trabajar al cementerio. Más tarde me llamaron por teléfono para decirme que le habían disparado. Fui corriendo a casa de una amiga para que me llevara”.

“Debieron llamarlo por su nombre para que se diera la vuelta y le dispararon. El primer tiro se lo dieron en la rodilla y él intentó meterse en unos jardines que había al lado. Entonces lo cogieron y, agarrándolo de la cabeza, le dispararon en la cabeza. Cuando los del cuartel oyeron los disparos ya pensaban que eran contra Luis, porque el cementerio estaba muy cerca del cuartel. Cuando llegué allí le vi en el suelo junto a la puerta del cementerio, pero no dejaron que me acercara”.

L. D.: “Yo estaba por la plaza del Ayuntamiento y vi gente que hablaba, después de que se hubiera ido una ambulancia. Yo ya me estaba temiendo lo peor. Seguí caminando por la calle y vi gente mirándome y ya pensé ‘adiós’. Cuando llegué a casa me lo contaron”.

A. Z.: “Al día siguiente de que asesinaran a Luis los periódicos pusieron lo que les dio la gana. Daban la razón a quienes lo habían matado, dejando caer que por algo lo habrían matado. Su hermano fue a un kiosko que había en la plaza, compró todos los periódicos y los quemó. Además de que habían matado a una persona le estaban calumniando”.

L. D.: “Tras el asesinato de mi padre vino mucha gente a casa para apoyarnos. Al funeral también vino gente, pero muchos no vinieron porque les daba cosa por lo que pudiera pasar después. Por si les pudiera suceder algo parecido a lo de mi padre. Algunos eran amigos íntimos a los que mi padre había hecho un montón de favores”.

A. Z.: “Cuando asesinaron a Luis, gracias a Dios, yo tenía trabajo. Intenté educar a mis hijos sin odio, porque mis hijos mayores tenían 20 y 19 años… Yo iba a trabajar normal”.

L. D.: “Cada atentado que había nos recordaba el de mi padre. Pensábamos que ojalá pasara y que fuera el último. Queríamos que todo se arreglara para que a todo el mundo nos fuera mejor”.

“A mí también me ha pasado algo parecido a lo de mi padre respecto a que gente del pueblo hablara mal de mí. Cuando un año después de morir mi padre murió Telesforo Monzón (uno de los fundadores de Herri Batasuna) le enterré yo, con José Luis Elkoro, con quien debo decir que me llevo bien. Al funeral acudió muchísima gente. Le enterramos y salió todo bien. Elkoro nos dio la enhorabuena porque habíamos hecho bien el entierro. Pero al día siguiente un amigo me preguntó a ver si alguien se había metido conmigo en el funeral. Le obligué a que me contara qué pasaba, por qué me decía aquello, porque yo no había hecho nada. Me dijo que los chavales del instituto estaban diciendo que estaba llevando el mismo camino que mi padre, que estaba metido en Fuerza Nueva (partido político de extrema derecha que intervino en varios atentados durante la transición a la democracia en España) y que habíamos ido donde familiares de gente de ETA preguntando por quién había asesinado a mi padre y amenazando con que si no nos lo decían íbamos a matar a alguien”.

“Más tarde, también me acuerdo de que un día llegamos a casa mi madre y yo y mi difunta hermana estaba en casa a todo llorar. Nos dijo que había llamado una mujer preguntando por mi madre y por mí. Como no estábamos, le dijo a mi hermana que, como mi madre siguiera así, iba a seguir el mismo camino que mi padre. Fuimos al Ayuntamiento, dijimos lo que pasaba y nos dijeron que no hiciéramos caso, que era gente que buscaba algo sobre lo que hablar. Todo lo que decían sobre nosotros era mentira. Después se calmó la situación”.

“Hay gente que me dejó de hablar en aquella época por lo que había pasado. Al final han vuelto a hablarme y, en ese sentido, yo tampoco soy rencoroso. He dejado pasar las cosas y esperado a que se arregle todo y todos vayamos bien. Soy partidario de que los presos salgan a la calle, pero me fastidia que salgan como héroes. Se hace duro. Tengo un amigo íntimo que acaba de salir de la cárcel. Con él hablaba, a veces discutíamos y luego tan amigos. Con otros, en cambio, te cruzabas y casi les daba vergüenza saludarte. ¿Por qué, si no he hecho nada a nadie?”.

“Si alguna vez por el pueblo me he cruzado una manifestación, nunca me quitaba de en medio. Yo no iba donde ellos, pero si venían de frente no me quitaba. Tenía mucha rabia y odio. Pero al final siempre he sabido perdonar”.

A. Z.: “El tiempo es lo que te va curando. Al principio vivimos unos años mal, muy mal, porque ves que encima de que asesinaron a mi marido, se seguía hablando de él. Hasta que la gente se fue dando cuenta de que la cosa no era como decían los rumores y después nos han ido arropando. Creo que la gente mayor se dio cuenta desde el principio, porque conocían a Luis y que él no era capaz de hacer daño a nadie. Con el tiempo se ha ido arreglando”.

L. D.: “Con el tiempo superas la muerte, pero de la misma forma que ahora mismo puedo decir que mi deseo es que fueran sacando a la calle algunos presos, si sucediera un atentado podría decir todo lo que digo pero al revés y a lo bestia. Mejor que hayan parado ya, porque con el odio no se va a ningún lado. Y aún hay mucho odio, por los dos lados. Ya antes de que sucediera lo de mi padre me tocó llevar cajas como consecuencia de atentados terroristas. Lo que peor llevaba yo era la reacción de la gente, por miedo… No veía cómo la gente no podía tener más sensibilidad. Se prefería no decir nada para que no les pasara nada, pero si la gente desde el principio se hubiera manifestado cuando había un atentado, habría sido diferente”.

“A veces también he llegado a pensar que he tenido bastante culpa de lo que pasó, porque yo no me callaba. Antes de la amenaza yo hablaba en la calle y les ponía verdes, a ver si éramos animales o qué éramos”.

A. Z.: “Luis no hablaba nada de política. Ya en esa época, el día de Todos los Santos o cuando era el Aberri Eguna (día de la patria vasca) abría el cementerio a las 6 de la mañana. También vio, cuando estaba prohibido, echar octavillas, pero nunca dijo nada a nadie, salvo a mí. Otra vez que íbamos en coche nos encontramos con que había habido un accidente de coche, y resulta que tenían propaganda de ETA y tampoco dijo nada. Incluso lo metieron en nuestro coche para que cuando llegara la Guardia Civil no lo viera”.

L. D.: “Cuando cualquiera venía a decirme cosas sobre mi padre yo les preguntaba a ver a quién habían detenido en Bergara para que dijeran eso. Si era verdad que mi padre había dicho algo a la Guardia Civil, como consecuencia tenían que haber detenido a alguien. Pero no hubo detenciones, nada. Sí hubo tras su asesinato, porque alguien lo había hecho. Aunque a mí no me preocupa quiénes han sido. Como he dicho en alguna entrevista que me han hecho, me da igual el nombre de la persona que haya asesinado a mi padre, porque al final fueron las lenguas, lo que se ha hablado. Si no lo hubiera matado un terrorista, habría sido otro”.

“Nunca se nos ha pasado por la cabeza la idea de marcharnos de Bergara. Es un pueblo pequeño y según con quiénes te cruces puedes ver miradas, gestos… Si además tú mismo estás más caliente, al ver estas cosas te cabreas. Por ejemplo, yo no iba a las concentraciones que Gesto por la Paz hacía todos los viernes en el frontón. Me enteré que unos chavales de aquí esperaron y después agredieron a un conocido. Desde entonces no fallé una vez. Estábamos con una pancarta en la que se pedía paz, y a veces teníamos que soportar insultos. Les veíamos enfrente y teníamos que aguantar”.

A. Z.: “Con odio no se puede vivir. Trato con mucha gente que tiene otras ideas, pero basta con que ellos me respeten a mí y yo a ellos”.

- Luis Domínguez, procedente de un pueblo de Salamanca, llevaba 25 años viviendo en Bergara, donde tenía hecha su vida con su mujer, Arrate Zurutuza, y cinco hijos, de los que el mayor es Luis Ignacio Domíngez. Era enterrador del cementerio del pueblo, situado junto al cuartel de la Guardia Civil.

- Luis hablaba y se relacionaba con mucha gente en el pueblo, incluidos los guardias civiles. Este hecho hizo que recibiera una amenaza telefónica y que se extendieran rumores sobre él por el pueblo. Luis vivió con miedo la etapa final de su vida.

- El 25 de enero de 1980, a la edad de 39 años, ETA asesina a Luis de cinco disparos en el cementerio de Bergara. Después del atentado, su mujer y su hijo han seguido escuchando rumores sobre su padre y sobre ellos mismos, hasta que con el tiempo la situación se ha calmado y vuelto a la normalidad